El Gobierno de Milei: TODOS LOS DIAS UN POCO
Primero fueron los partidos que le permitieron conformar la alianza
nacional para llegar a la presidencia, con la pérdida de diputados. Luego, un
par de parlamentarias nacionales propias, después la vicepresidenta, algún
legislador paladar negro que fue fundador de su partido, senadores que
asumieron por integrar la lista que, en la primera vuelta, lo puso en carrera
para el ballotage y un importante número de funcionarios que fueron despedidos
en la mayoria de los casos sin conocerse el por qué.
Posteriormente se deja de lado a quienes representan a los argentinos que
votaron por él en el ballotage, ya que con el 30 % obtenido en la primera
vuelta no le habría ganado a nadie en un mano a mano. Luego de conseguir las
leyes que necesitaba el gobierno, también quedaron fuera del diálogo los
sectores de la oposición que contribuyeron a construir una mayoría necesaria
para aprobar leyes o sostener decretos de necesidad y urgencia.
Después de eso, fue el turno de los periodistas, siendo los más maltratados
aquellos que, en teoría, estaban más cerca de las medidas pro mercado que
propone el gobierno, pero que no son obsecuentes ni voceros del presidente.
También les llegó el turno a los economistas, que, aun compartiendo la misma
visión de mercado, son atacados con epítetos impropios de un presidente.
En los últimos días, la confrontación también ha alcanzado a los jefes de
estado provinciales, supuestamente aliados o de pensamiento similar, a artistas
que no tienen nada de kirchneristas y a todo aquel que ose poner algún manto de
duda sobre las medidas económicas que el gobierno saca de la galera para
intentar poner en marcha un país que viene del infierno, pero que está lejos de
ser un paraíso.
Parece que el gobierno ha tomado en serio la llamada batalla cultural, pero
ésta no se basa únicamente en defender los principios del libre comercio, el
mantenimiento del déficit cero o la reducción de la inflación, sino también en
enfrentar una cultura denominada “woke” que, si se les preguntara a los argentinos
en general de qué se trata, probablemente tendrían que buscarla en Google o en
una IA para enterarse.
Esta batalla cultural, impulsada por el gobierno y sus seguidores en redes,
también parece apuntar a uniformar (o "domar", según sus voceros) a
los llamados "argentinos de bien", para que respalden al gobierno
haga lo que haga: desde cambiar su mirada sobre el conflicto Rusia-Ucrania
hasta promover una criptomoneda.
No son pocos los argentinos que ven estas actitudes más cercanas a las
prácticas kirchneristas que a la libertad que se pretende instaurar. Sin
embargo, pocos se atreven a expresarlo electoralmente por temor a ser
funcionales al kirchnerismo, al que la gran mayoría de los argentinos no quiere
volver. Pero las confianzas tienen límites y las esperas no son eternas. A
Cristina se le pusieron en contra primero, y luego en 2015 se
aliaron sectores políticos que, años atrás, parecía impensado que trabajaran
juntos. En 2019, grupos que se habían descalificado mutuamente lograron unirse
para enfrentar a Juntos por el Cambio, que no supo o no quiso sumar a sectores
no kirchneristas que podrían haber permitido una continuidad.
Soy de los que creen que, en los próximos dos años y medio, veremos
acercamientos entre sectores que, en principio, no parecen compatibles, pero
que se unirán más por el espanto que por el amor, como ocurrió en 2015 y en
2019. La continuidad del gobierno dependerá de cómo construya una mayoría
necesaria para sostener su proyecto, que, más que un proyecto de país, a veces
parece un proyecto de poder, como dijera algún ex mandatario.
Si la estrategia para sumar adhesiones es mediante contratos de adhesión,
los resultados económicos tendrán que ser muy buenos para lograrlo. Pero si
estos fueran más pequeños, como sería lo más lógico dada la complejidad del
contexto en el que asumió el gobierno, será difícil sostenerse cuando a los
propios o a los cercanos se los expulsa constantemente del barco, al decir del
cantautor, todos los días un poco.
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