Elecciones CABA: NO es tiempo de alternativas, es tiempo de planes B

 


 


Las elecciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, primero sobrevaloradas y luego nacionalizadas, dejaron, como toda elección, ganadores, perdedores y múltiples interpretaciones, dependiendo del cristal con que se las mire.

Los más cercanos al gobierno sostienen que fue un éxito del presidente Milei y que los libertarios son los únicos capaces de derrotar al kirchnerismo de cara a las próximas elecciones nacionales en octubre. Por otro lado, quienes se distancian de esa visión afirman que el resultado no fue tan contundente y que el peronismo renovado, representado por Leandro Santoro, tuvo una buena elección.

Otros críticos señalan que apenas votó el 53 % del padrón y que el oficialismo solo obtuvo el 15 % de los votos, un argumento que, sin embargo, se vuelve contradictorio cuando se observa que el principal opositor apenas cosechó el 13,5 %, una cifra igualmente baja.

También hubo festejos considerados desmedidos por algunos y razonables por otros, como el 8 % obtenido por Horacio Rodríguez Larreta, quien hasta hace dos años fue jefe de gobierno de la ciudad y precandidato presidencial.

En lo que casi todos coincidimos es que el PRO, la Coalición Cívica y la UCR fueron los grandes perdedores de la contienda, lo que contrasta con lo ocurrido en las elecciones provinciales de Santa Fe, Jujuy y Chaco, donde las alianzas gobernantes anti-peronistas mantuvieron la unidad y la mayoría de los votos.

El fracaso del partido de Mauricio Macri se dio en tres niveles:

Fracaso político, al romper una alianza que le permitió retener la ciudad durante varios períodos y consolidar una fuerza nacional.

Fracaso electoral, por resultados por debajo de las expectativas.

Fracaso estratégico, ya que la anticipación de los resultados debilitó sus perspectivas de cara a las elecciones de octubre.

Alguien podría preguntarse: ¿qué otra opción había? ¿Someterse a La Libertad Avanza y avalar sus gestos poco republicanos? La intención de construir una alternativa es válida, pero debía hacerse bien. Frente a dos expresiones que intentaban polarizar, al menos deberían haberse unido con quienes comparten su visión. Por ejemplo, la UCR y la Coalición Cívica podrían haber intentado formar una alianza con Larreta, quien también atrae al electorado moderado, o con el PRO, con quien compartieron espacio hasta hace apenas dos años.

Las decisiones del PRO también fueron llamativas. Adelantar la elección con la expectativa de que, como ocurrió en el interior, la "furia violeta" no lograría vencer a los oficialismos provinciales fue un cálculo erróneo. No tomaron en cuenta que, con el centralismo informativo imperante, donde todo lo que sucede en la capital parece definir el país entero, la nacionalización de la campaña era inevitable. Además, el gobierno nacional tenía la ventaja de enfocarse en una única elección, en lugar de múltiples contiendas simultáneas como habría sucedido en octubre.

Criticamos estos errores, aunque alguien podría decir que, con el diario del lunes, cualquiera es vidente. Lo cierto es que el electorado argentino se divide en cuatro subespacios trazados por dos variables: la relación Estado/mercado y la tensión entre valores republicanos y totalitarios.

La grieta entre defensores del Estado y defensores del mercado es, en ambos extremos, intolerante y poco republicana (La Libertad Avanza vs. el kirchnerismo). Ambos segmentos han transformado el debate en una polarización pero que necesariamente depende de la existencia del otro. Pero en esa disputa solo atraen a sus electorados duros que solo llegan al 30%. Seguramente, una opción más moderada y republicana frente a estos extremos tendría un éxito electoral significativo en una segunda vuelta presidencial, pero el problema es que este espacio, con sus dos variantes (republicanos pro estado y republicanos pro mercado), está sumamente fragmentado.

Hoy por hoy, el peronismo no kirchnerista y los sectores ex-Juntos por el Cambio no logran constituirse como alternativa ni a Cristina ni a Milei. No han comprendido aún que juntos podrían conformar una fuerza de centro tan relevante como los otros sectores. La gran moraleja de estas elecciones parece ser que todavía no es tiempo de alternativas, sino de preparar planes B.

Así, el peronismo republicano deberá alistarse para reemplazar al kirchnerismo, que, si los logros económicos del gobierno continúan, se encamina hacia su desaparición. Por su parte, los "Nonos republicanos", como ahora llaman a los ex-Juntos por el Cambio, deberán esperar a que la irracionalidad del presidente termine agotando a la sociedad y esta demande líderes más moderados, vinculados a la producción y el desarrollo sin caer en el populismo.

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