Garrahan Una negociación Perder- Perder

 



En un país donde la salud pública ha sido históricamente un pilar de inclusión y equidad, el Hospital Garrahan representa mucho más que un centro médico: es un símbolo de excelencia, compromiso y esperanza para miles de familias. Hoy, sin embargo, ese símbolo está en riesgo.

Renuncias masivas, paros reiterados, salarios por debajo de la línea de pobreza y una creciente sensación de abandono por parte del Estado han encendido todas las alarmas. No se trata de un conflicto aislado ni de una disputa gremial más: estamos hablando del principal hospital pediátrico del país, que atiende a niños y niñas de todo el territorio nacional, muchos de ellos en situaciones de extrema vulnerabilidad.

La crisis que atraviesa el Garrahan se ha profundizado con un fenómeno que alarma tanto a la comunidad médica como a la sociedad: las renuncias masivas de profesionales de la salud. Desde mediados de 2024, más de 200 trabajadores altamente calificados han abandonado el hospital, dejando vacías áreas críticas como hepatología, metabolismo, farmacia y nutrición. No estamos hablando de una simple rotación de personal: estamos frente a un éxodo provocado por la precarización creciente y el destrato institucional.

Los motivos son tan claros como inaceptables. Salarios por debajo de la línea de pobreza, pérdida del 50% del poder adquisitivo en el último año, condiciones laborales deterioradas, falta de insumos básicos y amenazas a quienes ejercen su derecho a protestar. En este contexto, es comprensible —y profundamente triste— que muchos profesionales hayan optado por irse. Como advirtió una jefa de servicio: “Lo que se rompe hoy en el Garrahan no se recupera”.

Mientras tanto, el gobierno nacional evita hacerse presente en las mesas de negociación y desoye los reclamos legítimos de quienes sostienen el funcionamiento del hospital con vocación y sacrificio. La respuesta institucional ha sido más represiva que resolutiva: intimaciones, descuentos, indiferencia.

El gobierno nacional, lejos de ofrecer soluciones, ha optado por la confrontación. Ha cuestionado la estructura del hospital, minimizado el rol de sus trabajadores y desestimado los reclamos salariales con argumentos que rozan el desprecio. Mientras tanto, los equipos médicos —formados durante décadas— se desarman, las residencias se vacían y la atención de alta complejidad corre peligro.

¿Puede un país permitirse el lujo de desfinanciar su sistema de salud pediátrica? ¿Puede mirar para otro lado mientras se desmantela una institución que realiza más de 600.000 consultas anuales y 110 trasplantes por año? La respuesta debería ser un rotundo no.

Si la empatía gubernamental es sólo con los números, nos preguntamos si será merecedor del voto que seguramente recibirá en las próximas elecciones, un voto más forzado por el infierno reciente del gobierno anterior y el miedo a su regreso. A este gobierno que se auto percibe como el mejor de la historia, debería importarle que la gente a la cual dice representar, sienta por sus representantes afecto y respeto porque le importan las personas, esas de carne y hueso que cada tanto se expresan con un instrumento vapuleado llamado voto.

El Garrahan necesita recursos, sí. Pero también necesita respeto. Necesita que se reconozca el valor de su gente, que se escuche a quienes dedican su vida a salvar otras. Porque si el Garrahan cae, no sólo pierde el hospital; Pierde el Gobierno y por supuesto, perdemos todos.

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