Superávit y Déficit: Dos Modelos, Dos Mundos
En el debate fiscal
contemporáneo, la palabra “superávit” se ha convertido en símbolo de virtud,
mientras que “déficit” carga con el estigma de irresponsabilidad. Pero detrás
de estas etiquetas hay modelos económicos, decisiones políticas y contextos
estructurales que merecen ser analizados con mayor profundidad. ¿Qué países
logran sostener el equilibrio fiscal? ¿Cómo financian los demás su déficit? ¿Y
qué lecciones pueden extraerse para América Latina?
En 2024, apenas un puñado de
países exhibe superávit fiscal. Noruega, Emiratos Árabes, Arabia Saudita,
Suiza, Chile y —sorpresivamente— Argentina, figuran en esa lista. Cada uno lo
logra por razones distintas. Noruega y los países del Golfo cuentan con ingresos
extraordinarios por hidrocarburos, que canalizan a través de fondos soberanos o
políticas de ahorro intergeneracional. Suiza combina alta recaudación con
disciplina fiscal. Chile aplica una regla estructural que le permite ahorrar en
años de bonanza. Y Argentina, tras años de déficit crónico, alcanzó el
equilibrio mediante un ajuste severo que incluyó recortes de subsidios, obra
pública y transferencias.
Pero si el superávit es la
excepción, el déficit es la norma. Estados Unidos, Japón, Brasil, Francia, India
y México —entre muchos otros— presentan desequilibrios fiscales que van del 3%
al 10% del PBI. ¿Cómo lo financian? La mayoría recurre al endeudamiento
público. EE.UU. emite bonos del Tesoro que son demandados globalmente por su
reputación financiera. Japón, con una deuda superior al 250% del PBI, la
sostiene gracias a tasas de interés bajas y una base de acreedores locales.
Francia y Brasil combinan deuda con presión tributaria, mientras que India y
México apelan a ingresos petroleros y emisión moderada.
La clave no está solo en el
resultado fiscal, sino en su sostenibilidad. Un país puede tener déficit y
crecer si lo destina a inversión productiva. Puede tener superávit y estancarse
si lo logra a costa del consumo y la cohesión social. Por eso, más que discutir
el número, conviene analizar el modelo.
En América Latina, el dilema es
especialmente agudo. La región ha oscilado entre ciclos de expansión con
déficit y ajustes contractivos para recuperar el equilibrio. Chile es el
ejemplo más citado por su regla fiscal estructural, que le permite ahorrar en
tiempos de bonanza y gastar en crisis. Argentina, en cambio, ha transitado un
camino inverso: tras años de déficit financiado con emisión y deuda, el
gobierno de Javier Milei impuso un ajuste que logró superávit primario, pero
con costos sociales y económicos aún en evaluación.
¿Es el superávit un fin en sí
mismo? No necesariamente. Es una herramienta. Lo que importa es cómo se alcanza
y qué se sacrifica en el camino. Un superávit logrado por recortes indiscriminados
puede generar tensiones sociales y frenar el crecimiento. Un déficit bien
administrado puede ser motor de desarrollo si se orienta a infraestructura,
educación o innovación.
La discusión fiscal no debería
reducirse a una competencia de números. Debería abrirse a una reflexión más
profunda sobre el modelo de país que se quiere construir. ¿Un Estado mínimo,
con equilibrio contable pero baja inversión social? ¿O un Estado activo, con
déficit controlado y vocación redistributiva?
En tiempos de polarización,
conviene recordar que ni el superávit garantiza prosperidad ni el déficit
implica decadencia. Lo que define el rumbo es la calidad del gasto, la
transparencia de las decisiones y la capacidad de sostenerlas en el tiempo. En
ese terreno, todos los países —con o sin superávit— tienen lecciones que
ofrecer. Y mucho por
aprender.
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