Las Guerras Cobardes

 


La guerra, en su forma más cruda, siempre implicó un enfrentamiento directo: cuerpos expuestos, territorios disputados, sangre derramada en el mismo suelo que se pretendía conquistar. Hoy, sin embargo, asistimos a una mutación inquietante: la guerra se ha convertido en un acto remoto, ejecutado desde pantallas y botones, donde el atacante nunca pisa el territorio enemigo y rara vez enfrenta el riesgo de perder su propia vida.

Este fenómeno, que podríamos llamar la cobardía moderna de la guerra, se sostiene en la tecnología. Los drones, los misiles de largo alcance y los bombardeos estratégicos permiten destruir ciudades enteras sin que el agresor vea jamás el rostro de quienes mueren. La distancia convierte la violencia en un procedimiento casi administrativo: se aprieta un botón y, a miles de kilómetros, un objetivo desaparece bajo los escombros, Cuando este objetivo es el que se deseaba se habla de éxito quirúrgico, cuando es no deseado se hace un silencio cobarde como todos los silencios.

La paradoja es brutal. Los ejércitos más poderosos del mundo se enorgullecen de reducir sus bajas, de “minimizar riesgos”, mientras multiplican las víctimas civiles. Se habla de precisión quirúrgica, pero los hospitales, las escuelas y los mercados siguen siendo los blancos más frecuentes. La guerra se ha transformado en un espectáculo unilateral, donde el costo humano se mide en estadísticas y no en experiencias vividas.

El problema no es solo militar, sino ético. ¿Qué significa la valentía en un mundo donde el soldado ya no arriesga su cuerpo, sino que delega la violencia a máquinas? ¿Qué responsabilidad tiene un líder que ordena bombardeos sin jamás enfrentar la mirada de quienes sufrirán sus decisiones? La guerra sin cuerpo es también una guerra sin rostro, y por lo tanto sin conciencia.

Estas guerras cobardes normalizan la barbarie. Al deshumanizar el acto de matar, lo convierten en rutina, en política exterior, en estrategia de poder. Pero detrás de cada misil hay vidas truncadas, comunidades deshechas, generaciones enteras marcadas por el trauma. Y esa es la verdad que rara vez aparece en los discursos oficiales.

La humanidad debería preguntarse si este modelo de guerra no es, en realidad, la forma más peligrosa de violencia: aquella que se ejerce sin riesgo propio, sin contacto directo, sin memoria del dolor que causa. Porque cuando la guerra se convierte en un videojuego, el sufrimiento deja de importar, y entonces la cobardía se disfraza de modernidad.

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